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martes, 15 de noviembre de 2016

Del siglo XXI al SIGLO XIX: una cuestión de estilo (literario, por supuesto)


A finales del siglo XIX, un grupo de dibujantes hizo una visita a nuestra época patrocinado por la empresa chocolatera alemana Hidebrands, que produjo una estilosa serie de postales y cajas con imágenes que respondían a una sugestiva pregunta: ¿Cómo será la vida en el año 2000?

5. Y en una página web las recuperaron y compartieron

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No serían los únicos habitantes del pasado que vinieron a vernos (me refiero a los del dirigible), ya que justo en el útimo año de aquel siglo, en Francia y como preparativo de la Exposición Universal de 1900, ingenieros, urbanistas e ilustradores se hacían la misma pregunta ...y así imagaban la escuela de su futuro:
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No es una audición de idiomas en aulas multimedia. En la imagen, la materia prima del saber no está en las cabezas, sino en los libros (que al parecer se escriben solos, como los blogs) y, mediante un proceso industrial de triturado, patroneado por el maestro y cuya fuerza motriz ejerce un niño menesteroso, viaja mascado por una línea eléctrica y llega, convenientemente esterilizado y estandarizado, al cerebro de los alumnos, que aparecen sentaditos y obedientes como ratas de laboratorio. El método pedagógico mezcla algo entre la inspiración divina y el rincón del vago, sólo que sin tan siquiera la emoción de intentar que no te pillen y sin que por ese método y su fomento de la pasividad, el alumnado-producto, convenientemente esterilizado y estandarizado, parezca capaz de inventar algo, algo como por ejemplo la propia máquina del dibujo o los blogs, que tampoco se escriben solos a menos que tú o tu ordenador os convirtáis en zombies o empresas llamadas de asesoría de imagen en realidad dedicadas al mobbing, que es el hermano mayor del bulling).

Resultado de imagen de meme siglo XIX ... Pero podemos estar más o menos tranquilos: aquí tenemos a la policía aérea persiguiendo por esos cielos no se sabe si a ciberdelincuentes o a indocumentados en las fronteras de ese futuro que ya es otro pasado.

Sea como fuere, lo cierto es que el siglo XIX se puso tan interesante que hoy, en El Hápax, les devolvemos la visita.

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Desde este momento del curso vamos a estudiar la literatura de aquel siglo, sin cuyas ocurrencias, como trataremos de esbozar, es prácticamente imposible explicarnos el espíritu de los tiempos actuales. Románticos, realistas, naturalistas y algún ave rara pasarán por nuestra mirada dando forma a los principales géneros y estilos literarios en los que se plasmará la imaginación  humana durante el lapso que lleva de nuestros tatarabuelos a nosotros mismos. Parece un largo viaje, pero apenas nos remontamos entre cuatro y siete generaciones.

Si el XIX inició la industrialización que completó el XX, a principios del XXI para las industrias culturales y del entretenimiento fue determinante la aparición del videojuego. En sus géneros de acción y aventura, este medio mezcla a  menudo la estética de la ciencia ficción con la fantasía épica de inspiración antigua y raíz medieval, que  a su vez aquellos escritores y pensadores del XIX se encargaron también de imaginar  y preparar para la imaginación contemporánea, porque tanto románticos como realistas fueron a su vez asiduos viajeros al pasado y fantaseadores del futuro, o viceversa.                
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El gusto arqueológico, unido a la fascinación por el misterio y a las necesidades del recién inventado sentimiento nacionalista, propiciaron el cultivo de formas literarias como la leyenda, el mito nacional, el cuento popular, la novela histórica, el relato gótico o el costumbrismo. Y es que los románticos fueron sobre todo inventores de sentimientos: con retazos de lecturas medievales, besos de callejón oscuro y auras de efusivo misterio inventaron una a veces monstruosa idea frankenstein del amor que aún prevalece o decidieron que el genio, por una especie de inspiración como la de aquella escuela retrofuturista, era un alma bella nacida para crear al haber sido tocada por los dioses en medio de un mundo vulgar y asqueroso. 

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Hacia la segunda mitad del siglo, el afán de comprensión científica y rigor intelectual, favorecieron la aparición de paradigmas narrativos como la novela de tesis política y crítica social o el relato psicológico, policíaco y de anticipación. En efecto, inspirados más por la ciencia y el racionalismo que por los misterios del arte, los realistas empezaron a sospechar si lo del amor no iba a ser cuestión de hormonas, lo del arte asunto de esforzada inteligencia y lo de la sociedad humana un mundo asqueroso y vulgar (en algo tenían que coincidir, y era la disconformidad) que merecía ser mejorado.


El desarrollo de todos estos géneros corrió en paralelo a la industrialización del periodismo. Gran parte de los clásicos de aquel momento se publicaron por entregas en los periódicos: así nacieron el folletín sentimental y la novela de aventuras, que compartían espacio con las noticias, el artículo ensayístico o  la viñeta satírica. Como podemos deducir por las imágenes que encabezan esta entrada, también la ficción científica y la fantasía futurista tuvieron su origen y desarrollo en la imaginación de ese siglo tan aficionado a los viajes en el tiempo.

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Por otro lado, desde el siglo XVIII, la Ilustración había fomentado, además de los Derechos del hombre y el ciudadano (aunque todavía no los de la mujer, la ciudadana y los humanos de todas las razas), la libertad de pensar nuevas formas políticas, sociales y económicas de ver el mundo, lo que a su vez favoreció diferentes consideraciones sobre las personas y sus sociedades: junto al ya entonces tradicional tradicionalismo (la mentalidad mentalizada a seguir siguiendo la costumbre acostumbrada...) brotarán escuelas  de pensamiento como el liberalismo, el nacionalismo, el socialismo, el comunismo, el anarquismo, un todavía incipiente feminismo y un renovado imperialismo que tomarán cuerpo doctrinal en el marco del desarrollo de las ciencias sociales. Dicho de otro modo: los principales elementos de las ideas psicológicas, sociales y políticas de la actualidad, también son inventos y descubrimientos decimonónicos.

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A principios del siglo XXI, inmersos hoy en los tiempos de la llamada globalización, (proceso histórico que también vivió el siglo XIX, bajo una forma que la historiografía suele denominar colonialismo), causó cierto estupor mundial que un outsider, descendiente de migrantes alemanes como pudieron ser los trabajadores de Hidebrand tras un despido colectivo, se convirtiese en presidente de la primera potencia mundial.
No por su ascendencia, dado que se trata de un país que a su vez se fraguó desde principios del  XIX como resultado de migraciones masivas desde todos los continentes, en la mayoría de los casos forzadas por el hambre, la persecución o la esclavitud. Lo sorprendente fue que lo lograse vomitando un discurso político sin atisbo de conciencia histórica,  con escasa definición ideológica y nula consistencia argumentativa pero salpicado de constantes imprecaciones antisociales de tintes machistas, racistas, clasistas y belicistas, que a menudo recuerda más a una especie de bulling planetario que a una manifestación de pensamiento más o menos adulto y formado.
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El siguiente cortometraje  trata ese hecho con toneladas de sarcasmo. Nosotros en este patio, como servidores y usuarios de los servicios públicos dentro de una democracia pluralista, no solemos metemos en política (aunque la política a veces se meta con nosotros) y si proponemos esta pieza audiovisual no es precisamente por su contenido ideológico -una difusa defensa de los derechos civiles con un telón de acero como telón de fondo- sino porque su guión amalgama,  en pocos minutos, multitud de elementos presentes en los géneros literarios del siglo XIX con estéticas propias de la narrativa audiovisual de nuestros días, lo que servirá para explicar algunos rasgos de la narrativa de aquel siglo a la vez que hará las delicias de los aficionados a la estética del videojuego:


Como habréis podido observar, en su composición los ecos de la leyenda, el mito nacional, la crítica social y la sátira política conviven con elementos de la épica fantástica, el lenguaje vanguardista del siglo XX, el tipismo costumbrista, una cucaracha y un gallo. (¿O era una gallina?)
                           Imagen 1

(P. S.: como veis en esta última imagen, los visitantes de hace dos siglos no se equivocaron del todo sobre cómo sería la la alimentación del futuro.
El corto también nos será útil para el estudio de la variación lingüística en los ejes geográfico y sociocultural y para responder, en próximas entregas, a esa pregunta crucial para el desarrollo de la humanidad: ¿Dónde se habla mejor el castellano o español?)

jueves, 13 de octubre de 2016

El premio Nobel 1997 - 2016

La Academia sueca (que es como las Academias españolas pero sueca) ha concedido el premio Nobel de literatura este año a un juglar contemporáneo, concretamente a שבתאי זיסל בן אברהם (Shabtai Zisl ben Avraham), más conocido como Robert Zimmerman, más conocido como Bob Dylan.
Ha querido la casualidad que el ganador del mismo premio en 1997, otro autor al que la misma academia destacó como juglar contemporáneo, llamado Dario Fo haya muerto el mismo día a los 90 años de edad. El oficio de los juglares era hacer reír. Y llorar. Y pensar. Pero sobre todo reír y disfrutar de la fantasía, la música y las palabras. No tomarse la vida en serio no proque no lo sea sino, tal vez, porque como suele serlo demasiado, a veces es necesaria alguna clase de tregua o de la ebriedad de vino, virtud o poesía, que recomendó Baudelaire mientras abría el camino maldito de esa flor de todos los males que es la poesía moderna.
Como siempre, la concesión del premio genera debates que, haciendo caso a los juglares, se disfrutan mucho más si no se toman muy en serio, sobre todo si se tiene la paciencia de leer la lista de de los premios de la paz. Sin ir más lejos, en 1973, mientras una parte de la sociedad americana (de la que Dylan fue conspicuo portavoz) presionaba pacíficamente contra el genocidio de vietnamitas, los suecos otorgaban el premio Nobel de la paz a uno de los organizadores de la masacre, cuya idea de la libertad y la democracia pasó por patrocinar casi todas las tiranías de medidos del siglo XX, con los únicos requisitos de que no empleasen simbología comunista (como si la vestidura fuese lo esencial) y sí tuvieran alguna importancia geoestratégica para los magnates estadounidenses.Era la época de la guerra fría y el resto de tiranías -las que sí ostentaban parafernalia comunista- las promovía la URSS.
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Pero dejemos por hoy esa trágica seriedad. Suele llevarse mal con los placeres y, ya que no son solamente una necesidad, si las artes no fuesen además y sobre todo un raro placer, no habrían acompañado a la humanidad desde el principio de los tiempos hasta hoy mismo. Es una buena noticia que existan, que se premien y que, precisamente por ser tan serias como el corazón de la vida, nos las podamos a veces tomar como un juego, en este caso el juego del jocularis, el gracioso, el que juega: el juglar.

Durante siglos, en una sociedad estamental fuertemente compartimentada, el artista cortesano se desempeñaba en palacio, la clerecía en el templo y el juglar jugaba y hacía jugar al pueblo llano, también llamado vulgo. Hasta el siglo XX, esos tres ámbitos o tribus sociales y culturales no se mezclan compeltamente, como no se unieron en los EE.UU. de América grupos étnicos y demás presupuestas identidades colectivas hasta las manifestaciones por los derechos civiles o contra guerras como la de Vietnam. Las tribus culturales del nuevo milenio y los profesionales de la admonición se pelearán por la justicia de un premio que, a fin de cuentas, es más un capricho sueco que una propuesta de canon cultural para la humanidad. Aquí se aprovehará la ocasión apenas para "bromear en serio" como los bufones renacentistas en la corte entre clérigos letrados.

Empecemos otra vez por el principio. En la literatura la vida se mezcla siempre con la memoria, que es el nombre que damos a esa mezcla de olvido y fantasía que dibuja el recuerdo, también llamado leyenda cuando alcanza proporciones colectivas. En el caso de Zimmerman, cuenta la leyenda -siempre repetida y nunca confirmada- que adoptó su apellido artístico del gran poeta inglés Dylan Thomas, que en este poema se rebelaba contra la oscuridad y la muerte, como ha hecho Dario Fo durante toda su vida de juglar y como ha hecho el ser humano a través del arte tantas veces.


Como todo el mundo sabe, numerosos himnos de la música popular estadounidense-global del último tercio del siglo XX fueron escritos por Dylan e interpretados por medio mundo, empezando por la enigmática canción donde, según los críticos de rock, se halla el mejor solo de guitarra de la historia. Habla de un un juglar perplejo y un ladrón que le consuela de lo absurdo que es el mundo. Podía ser una canción medieval: castillos, princesas, bufones, jinetes...

                                

Si Zimmerman había tomado su nombre artístico de Dylan Thomas, de ese canto rodado llamado Bob tomaron su nombre los Rolling Stones tras escuchar esta triste historia, cuya traducción no es memorable pero sí de agradecer.


La influencia de Bob Dylan llega también al cine. Precisamente en 1973, mientras los acuerdos de París frenaban la masacre vietnamita, se estrenó Pat Garrett & Billy the Kid, un western existencialista y sin héroes protagonizado por dos antiguos amigos que ahora se han convertido uno en fugitivo en busca y el otro en sheriff a la captura. La película da una versión de la historia próxima a la tragedia clásica, con unos personajes complejos que tienen que decidir en más de una ocasión entre traicionarse a sí mismos y traicionar el sentido de sus vidas.

La película de Peckinpah tiene una atmósfera muy alejada de la que en 1935 ofreció J. L. Borges en un relato de su Historia universal de la infamia. Tal vez porque, como escribe en alguna página de ese libro, "había alcanzado una edad en la  que el orden era para él más importante que la justicia", en  la obra de Borges no aparece tanto una auténtica reflexión ética como una moral sumaria y presupuesta: ni justicia, ni dudas, ni contradicciones: solo el orden y un desorden que se parece menos a un mal metafísico que a las molestias de lo desatado que desborda. 
El relato borgiano se alza como una subversión fría y precisa de la épica, toda vez que que el bandido ocupa el lugar del héroe (único protagonista entre un puñado de personajes que apenas son coro difuso y decorado cabal) pero no recibe siquiera un tratamiento literario de antihéroe. Borges no muestra en el forajido (el fora exitus, el que ha salido o ha sido expulsado fuera) algo parecido a la persona, el poliédrico avatar vital con desbordes de bondad y vesania, de dignidad y melancolía que  se muestra en el film. Borges conjetura esa historia a modo de cronista, en su prodigiosa prosa de siempre pero, esta vez, sin los matices ni dilemas de otras de sus ficciones.

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Tal vez porque, como escribe en alguna página de ese libro, "había alcanzado una edad en la  que el orden era para él más importante que la justicia", Borges no mereció el premio Nobel de la paz. Es cierto que nunca organizó una guerra o una masacre, lo que le habría colocado entre los favoritos, pero sí mostró por otro lado un indisimulado aprecio siquiera temporal por algunos totalitarismos, aunque en este caso no ostentasen parafernalia comunista -como si el decorado fuese lo esencial- para adornar la maquinaria de muerte y el uso antidemocrático.
No obstante, el mundo de las letras considera una verdadera infamia sueca que uno de los escritores más influyentes de los últimos cincuenta años no pudiese honrar al premio con su literatura, aunque fuese por la involuntaria razón de que no le fue otorgado. Como a Tolstoi, Kafka, Joyce y otros ilustres presuntamente damnificados por el surrealismo solemne de otra academia a la que, juglarescamente, tampoco tomaremos muy en serio.

Volviendo a Dylan y Billy the Kid, el Nobel de este 2016 firma la banda sonora y canta en aquel film con solemnidad, contención y hondura otro de sus clásicos. Llamando a las puertas del cielo se convertirá en otro de los himnos más recordados del juglar de Minnesota: tanto que ya a finales del siglo XX fue seña de identidad entre las hordas del metal del cambio de milenio. A pesar de que el heavy metal suele estropear casi todo lo que no nace heavy metal, Guns'n' roses consigue en esta versión que lo que se pierde en continencia y hondura se compense de algún modo en grito agudo y air guitar metafísico:
                          
 

...Esa fría nube negra sigue descendiendo, pero Dario Fo no llamará a las puertas del cielo. Dylan tiene detractores pero Fo tenía enemigos, (es lo que tiene a veces bromear en serio) y entre ellos algunos de los que dicen tener las llaves de los cielos: impensable llamar a esa puerta y esperar al otro lado siquiera alguna muestra de caridad cristiana para un payaso incómodo. Quizá para que cualquier dios sea misericordioso algunos de sus representantes y seguidores tengan que ser implacables, porque, cuando le fue concedido el premio Nobel, los medios de la tribu cultural de la única teocracia europea lamentaron que el galardón hubiese desecendido de genios a "un bufón, un payaso". 

A ningún poder, especialmente si es de fundamentación teocrática, suele gustarle la risa que no halaga, pero para Fo y para su inseparable Franca Rame, que dedicaron el dinero del premio a distintas causas sociales y humanitarias, la risa era un principio vital, y reírse de las injusticias del poder, una obligación ética y cívica. De modo que las lágrimas no son hoy bienvenidas si no son de alegría y, como siempre y una vez más, los cielos pueden esperar, porque siguiendo el tópico, la vida es un viaje, y este de hoy es el viaje de los juglares. Entre los casi siempre anónimos medievales y Dario Fo-Franca Rame no había nada, solo el paso de plomo de los siglos y el hilo de la literatura hecha vida por un antiguo oficio. 
Entre Dylan Thomas  y Robert Zimmerman, estuvieron las carretas de los pioneros, las cadenas de los esclavos, los cantores populares de la gran depresión y más tarde los beatniks, la contracultura norteamericana (quizá lo premiado hoy), chicos blancos sin virtud ebrios de jazz y licores deslizándose por la carretera al hilo de la vida, hecha camino hacia el oeste entre música de palabra alucinada y cruda. Uno de ellos (con toda probabilidad el olvidado P. Orlovsky) dejó escrito: "...nací para recordar una canción de amor".